Al día siguiente de ser elegido Barack Obama, el 'New York Times' entrevistó a varios expertos energéticos acerca de las perspectivas y prioridades del sector energético en EEUU tras el cambio de gobierno. Es muy interesante leer lo diversas que eran las opiniones, agendas y criterios de cada uno de los expertos. Y también es interesante señalar que, a pesar de esa diversidad, Obama y su ministro de Energía, Steven Chu, pretenden definir una nueva política energética desde el consenso, que conduzca a EEUU hacia una senda más sostenible.
Quizá por afán de emulación (aprovechando el tirón de los propósitos de Año Nuevo), o por simple envidia, uno desearía que en España se pudieran también contrastar las opiniones de unos y otros en los medios, y que nuestro ministro de Energía, sin necesidad de ser un premio Nobel, también pretendiera implantar un nuevo modelo energético más sostenible para España, a partir del consenso. Porque sólo desde el consenso pueden definirse las políticas energéticas: los largos plazos implicados, las numerosas ramificaciones económicas, energéticas, de seguridad, hacen que esta definición deba tener el mayor apoyo posible por parte de toda la sociedad. Es un tema de estado.
Pero para alcanzar ese consenso, lo primero es debatir abiertamente sobre el tema, para que todas las partes (y especialmente, la sociedad) tenga la información suficiente. Me permito aquí aportar mi opinión sobre cómo creo yo que se debería estructurar ese debate tan necesario, y que sin embargo, no ha tenido lugar todavía de manera generalizada (sí a pequeña escala). Porque, para ser sincero, creo que todo lo que estamos presenciando hasta ahora en todos los medios es más bien un diálogo de sordos: las distintas partes cuentan su película, y nadie pretende alcanzar ese consenso.
En primer lugar, debemos ponernos de acuerdo sobre los objetivos a satisfacer con nuestro modelo energético. Tratemos de huir del debate sobre posiciones, y debatamos sobre objetivos finales y no sobre medios (tecnologías). Hasta ahora, todo el debate se centra en las alternativas —nuclear vs renovables vs eficiencia— pero lo primero que hay que hacer es definir los fines, los objetivos del modelo energético en términos de reducción de emisiones, seguridad energética, o impacto económico. Luego ya vendrán los medios.En este sentido, parece evidente que los tres objetivos fundamentales deben ser la reducción de emisiones de CO2, el impacto económico (tanto en términos de volumen total del esfuerzo como de su distribución en los distintos sectores de la sociedad), y la seguridad energética a corto y largo plazo. Pero también debemos considerar otros impactos ambientales, el desarrollo industrial y tecnológico, la generación de empleo inducido, o la reducción de la pobreza energética en los países en desarrollo. Y no sólo debemos acordar los objetivos, sino también el peso que le damos a cada uno.
En segundo lugar, una vez definidos los objetivos hay que evaluar las alternativas tecnológicas existentes para lograrlos. Así, deberíamos caracterizar adecuadamente aquellas que parecen más prometedoras. Dado que la decisión debe tener carácter estratégico, en nuestra evaluación debemos determinar, de la manera más rigurosa posible, su potencial, sus costes actuales y futuros, y en general sus requerimientos y su contribución a los objetivos definidos; pero también aspectos como nuestra capacidad de liderazgo tecnológico e industrial, el ejemplo para países menos desarrollados de nuestro entorno, el potencial de crecimiento, empleo o seguridad, etc.A este respecto me gustaría subrayar que, si bien habitualmente el debate se suele centrar en las tecnologías o alternativas de oferta (posiblemente por inercia, porque las conocemos mejor, porque son más fáciles de gestionar…o porque son las que tienen grupos empresariales o políticos detrás que las apoyen), en todos los estudios se señala que el mayor potencial, la mayor rentabilidad, y la mayor sostenibilidad no corresponde a ellas, sino a las políticas de demanda: sin reducción de demanda no podemos avanzar hacia un modelo sostenible.
Por ello, y más aún teniendo en cuenta el contexto de nuestro país, en primer lugar debemos centrar nuestro análisis en el ahorro y la eficiencia energética en todos los sectores, y en especial en la edificación y el transporte, como nuestra primera apuesta estratégica. Después, las energías renovables, en las que somos líderes mundiales y podemos seguirlo siendo. Y finalmente, otras tecnologías que quizá puedan ser necesarias como la nuclear, o la captura y secuestro de carbono.
Por último, debemos acordar cuáles deben ser los instrumentos mediante los cuales materializar las alternativas y empujarlas hacia el cumplimiento de los objetivos establecidos. De nuevo, aquí tenemos distintas opciones, desde las basadas en la regulación tradicional (como los estándares, obligaciones y prohibiciones) a las orientadas hacia el mercado (como las señales de precios o los mercados de permisos o certificados), pasando por la tan necesaria sensibilización de todos los agentes, o por la definición de las políticas adecuadas de I+D. Posiblemente debamos usar todos ellos, según el tipo de tecnología o de fin perseguido, pero, como siempre, debemos recordar que el mercado, bien regulado, es la herramienta más apropiada y eficiente para asignar nuestros escasos recursos. Y que los precios son habitualmente la herramienta más poderosa para cambiar comportamientos, aunque a veces no sean suficientes.
Todo esto se puede tomar como una simple carta a los Reyes Magos (algo tardía, dadas las fechas), pero lo cierto es que, si no acometemos de una vez esta cuestión, seguiremos, como es habitual en nuestro país, parcheando y chapuceando, regateando sobre primas y déficits de tarifa, buscando subsidios, o pagando moratorias, pero en ningún caso conseguiremos ese modelo energético sólido, sostenible y eficiente que nosotros y las generaciones venideras deberían tener.
Escrito porPedro Linares es profesor de la Universidad Pontificia Comillas
No hay comentarios:
Publicar un comentario